Me activo en la disciplina

Por Mónica Young

 

 

Me activo en la disciplina. Pequeñas acciones que desencadenan rituales —no dejes la ropa sucia tirada en el piso, me decía mi papá “qué eso sólo lo hace la gente que no tiene amor propio.” Veía su ropa desparramada y me afirmaba con determinación en mi minúscula labor.

Hoy, cuando la denominación de los días ha perdido valor y el tiempo marcha a su antojo, me pierdo en tareas que me hacen comprender la rutina desde otro plano. Domesticada por completo, limpio el suelo de rodillas. Me ocupo en ejecutar, simple y eficiente. Opero enérgica y mecánica las labores, quizá me detengo a pensar qué sigue, falta, u olvidé. Pero en definitiva, omito grandes palabras y pensamientos que trascienden la superficie casera.

 

Me impulsa crear orden tangible, físico. Idear ritos. Despertar a mi hijo mayor con un café, mezcla de chai y espuma de canela. Tomar mis tres tazas de café mientras desocupo el lavaplatos. Insto en idear un método, la repetición del hábito. La práctica constante al interior del trabajo. Sea cuál sea. Pero aquí dentro, tolerándome en mi carencia de audacia para producir algo que pueda extrapolarse al mundo externo.

Me mueve el rigor. Voy con todo o me rindo, echada en la cama lamiendo mis heridas y abriéndolas a cada lengüetazo. Me cuesta y, siendo honesta me es imposible comerme un pedazo, me trago todo el paquete. Porque devorándome todo el contenido me creo el delirio de que lleno un vacío. Pero en realidad, si es que aún podemos hablar en esos términos es que ese espacio deshabitado me acompaña haga lo que haga, fuera o dentro.

Este espacio es fértil, incluso exuberante a tal extremo de abrumar. No hay dónde ir si no adentro, con los míos que continuamente sirven de espejo y proyectan mi imagen sin filtro y por supuesto, sin tregua. Cuando me ataca la desilusión, entiendo que me es inviable replicar mi día a día de antes. El bebé iba al jardín, el más grande al colegio, mi compañero al trabajo y yo al mío. Nos encontrábamos todos a la noche y así—resumiendo rápido ese fragmento de historia. Pero poco a poco he ido asumiendo que esta situación se parece mucho al yoga, o a la práctica de asanas siendo estricta con mis palabras. Pertinaz e insistente la situación me exige observarme con detenimiento. Intento así,  imaginar un nuevo ritmo, más en pasividad y sosiego, acercándome a la idea de que mi práctica de yoga no está solo en mi entorno de trabajo o en mi capacidad de crear secuencias que tranquilicen mi mente dentro de la domesticidad. Las posturas que con tanta diligencia estoy haciendo me están enseñando a quedarme en calma. Aprendo a entrar dócil en Savasana.

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